lunes, 23 de septiembre de 2013

La grandeza de una pequeña. Cuento


Madrid, 10 de noviembre de 2012

Una tarde gris de noviembre, Aroa, una anciana arquitecta, cobijada bajo su manta de color azul marino y con sus pelos revueltos y plateados de tantos inviernos, escuchó el ding-dong de su timbre que la hace sobresaltar por un instante y abandonar el sofá para ir a la puerta a ver quién era, cuando de repente se quedó perpleja por un segundo, ella a pesar de sus 93 años es ágil y dinámica por lo que no es raro verla ir de prisa para un lado y para el otro ya que no posee coche. Para su grata sorpresa al abrir la puerta, y no sin antes observar por la mirilla, descubre que hay una brillante y flamante dentadura que le sonríe, al darse cuenta del personaje en cuestión se apresura a darle el más dulce y fuerte de los achuchones que se le puede dar a una nieta que hace tiempo que no se ve.
Era Yanet, una de sus nueve nietas y probablemente, sin decirlo en voz alta, la favorita y la más desenfadada.Su presencia en Madrid no era fortuita, venía con un claro propósito y era el de saber la verdad acerca del rumor que en la familia se venía oyendo hacía 4 años.


Felipe Ortigosa era un viajero aventurero y un enamorado del nuevo continente, desde la isla Kaffeklubben hasta las Islas Diego Ramírez.  Se decía entre la familia que en uno de sus viajes se había enamorado de una joven argentina que vivía al norte, en Jujuy y que como producto de ese enamoramiento había nacido una niña llamada Ela Benisa, que nunca había sido reconocida por él pero que llevaba el apellido de su madre. Todo este misterio no le era ajeno a Yanet que la traía un poco distraída de la vida cotidiana.  Yanet  trabaja actualmente en un hospital de enfermera cercano a su domicilio, en su natal Cuba. Viajaba con asiduidad a España a visitar a Aroa, su abuela materna. Pero esta vida ajetreada no le alejaba de la realidad de su familia.
En uno de esos viajes, Yanet que ya estaba acostumbrada a los vuelos desde José Martí hasta Barajas, había leído una nota en uno de los periódicos de a bordo sobre una niña superdotada que era maestra y que tenía tan sólo ocho años. Tan perpleja se quedó al leer la nota que comenzó a pensar en ese nombre y apellido que le resonaban una y otra vez en su mente. Ela Benisa.
Pensaba también en los nombres de esos sitios de los cuales su padre, Felipe, solía narrarle antes de irse a dormir cuando tan sólo tenía siete u ocho escasos años. Le hablaba de las tormentas de arena en San Juan o del Cerro de los Siete Colores en Jujuy o del famoso tren a las nubes en la norteña provincia de Salta…En Argentina.
Todos esos recuerdos de infancia, con sabor agridulce debido al abandono de hogar que su padre había hecho hacía ya doce años, le venían a la memoria mientras su vista se deslizaba por el papel del periódico.

Aroa y Yanet disfrutaban de un delicioso capuccino en el acogedor salón, mientras Yanet no dejaba de pensar en la nota del periódico.
Tras una semana de estancia en Madrid, iba andando por La Castellana y vio en un quiosco las portadas de los periódicos que anunciaban la llegada de “...una niña superdotada del norte de Argentina, llamada Ela Benisa estaría realizando trabajos extraordinarios en su labor como maestra, desde implementar nuevas metodologías didácticas a querer cambiar el sistema educativo por uno más holístico y pragmático de los cuales los únicos beneficiados serían los niños…”
Esto causó cierto estupor a Yanet, por lo que se apresuró a coger el metro línea seis o sea el circular de Madrid para llegar a casa y tratar de respirar para tomarse las cosas con más calma.
En España había un gran revuelo con la llegada de la niña  Ela Benisa, que aparentemente en dos años había terminado la carrera de maestra, teniendo ella tan sólo ocho años. Profesores de todos los rincones de la península, además de fortuitos curiosos, querrían conocerla.  La prensa se agolpará el próximo lunes cuando la prestigiosa niña aterrice en Barajas.

Córdoba, 17 de noviembre

Los dieciséis grados de temperatura de un día opaco, no impedían a Vanesa salir a la terraza a jugar con  su gato Duque. Era una maestra que vivía rodeada de algunos vecinos que a la vez eran parte de su familia más cercana. De vez en cuando quedaban para compartir ideas, jugar a los naipes y cómo no, recordar su típica comida valenciana con un dominguero y suculento arroz en paella. A pesar de sus treinta y dos años Vanesa era muy jovial, simpática e irradiaba felicidad ya que tenía todo lo que había añorado en la vida, su casa, su mascota y su tan amada profesión. Ser maestra no era un juego de niños, y ella lo sabía perfectamente, por lo que siempre estaba abocada a investigar sobre diferentes metodologías y compartir sus ideas con sus colegas de toda España y de América.


Barcelona, 17 de noviembre


Los estudios terciarios de Martina Sánchez de veintisiete años, fueron en la benemérita Universidad de Alicante. Esta alcoyana de carácter dulce y  modales sutiles quería dedicarse a la educación infantil pero su suerte cambió cuando conoció a Vanesa en la cola de matrículas de dicha universidad. La persuasividad de Vanesa era uno de sus activos, su elocuencia haría cambiar de parecer al mismísimo decano y ex-profesor de Literatura, Francisco Ortíz. Entre charla y charla convenció a Martina, de carácter dócil,  a cambiarse de carrera. Y fue así como se conocieron cuando eran jóvenes y compartían un gran sueño profesional; llegar a ser maestras.
Por esa misma época y al año de haber comenzado la carrera, Vanesa, esta eldense tan inquieta, decidió cambiarse de universidad por motivos personales. Por esta razón se fue a cursar sus estudios universitarios a Córdoba, mientras que Martina se quedó en la Universidad de Alicante hasta culminar sus estudios para posteriormente marcharse a París, donde residió por algunos años. Actualmente es maestra en Barcelona donde es realmente feliz junto con su perro, unos pocos animales y su marido. Las dos maestras y amigas siguen en contacto y muy a menudo se telefonean o comparten sus quehaceres profesionales a través de las redes sociales, aunque por motivos personales y laborales estén lejos una de la otra.


Barcelona, 18 de noviembre

-Buenos días ¿dígame?-

- ¡Martina, soy Vanesa! ¿Has leído las noticias? ¿Sabes quién llegará el lunes a España?

- Pues sí, precisamente de eso iba a hablarte esta noche ¡tenemos que coger el primer vuelo que pillemos! Creo que ‘Madrid bien vale un encuentro’-

Risas.

Madrid, 19 de noviembre
Por estas latitudes el gélido viento del norte lograba que las prímulas se contonearan al ritmo de cada soplido.  Y el olor a espresso de las cafeterías inundaban el olfato de todo viandante entre el protagonismo de bufandas, gorros y guantes en las principales avenidas madrileñas.  

Allí estaba ella. Era Ela. Ela Benisa.
Acababa de bajar del avión para asistir a una rueda de prensa y a una conferencia que tenía preparada para el día siguiente.
La protagonista.
Los flashes no cesaban de destellar pero la niña irradiaba paz y sencillez.

A lo lejos unos ojos verdes con cierto recelo, observaban lo que acontecía.

Madrid, 20 de noviembre

Con su parsimonia de niña sabia y su locuacidad de oradora nata, dejó boquiabiertos a todos los espectadores presentes. Entre ellos a dos maestras que se afanaban por conocerla e intercambiar opiniones sobre la tan ardua responsabilidad de educar al futuro de tu país.
Una vez concluida la conferencia, Martina y Vanesa no pudieron resistir la tentación de escabullirse entre la gente para poder acercarse más a su cometido, que era el de entablar un diálogo con Ela.
Ela era muy cercana y amable, su sonrisa dejaba ver su felicidad y su pícara mirada de sabionda no era más que una típica mirada de una niña de su edad. Esto hizo respirar y tranquilizó a Vanesa y Martina que pensaban que, se encontrarían ¡con el mismísimo Einstein! Pero ellas sabían mucho de niños y Ela no dejaba de ser una.
La charla había sido fructífera, las opiniones iban y venían; las risas, las miradas, los gestos, los zumos, las agüitas, los flashes…
El tiempo parecía correr de prisa y los relojes jugaban una carrera contra él. Todo tiempo era corto para intercambiar ideas con tal, pequeña, eminencia.  

Esos ojos verdes que se escondían detrás de una de las columnas que se encontraban en la sala, continuaban observando.  


Ela, que era muy curiosa, observó a aquella joven que se escondía hacía ya más de una hora detrás de esa columna. Se acercó tranquilamente hacia ella y vio cómo esta se dejaba ver con lentitud y aunque algo timorata se presentó ante Ela. Mi nombre es Yanet, dijo con un fuerte acento cubano.

-¿ Giannette ?- preguntó Ela

- ¡Oh, no! Simplemente Yanet- respondió

Las presentaciones y los diálogos eran tan sólo cuestión de tiempo, los protocolos se dejaban para las conferencias y formalismos también. Mientras ellas se presentaban y el diálogo continuaba, la tarde y el frío comenzaban a apoderarse de Madrid.  

Los diálogos intercambiados, las vivencias y el factor humano daban calidez a las siguientes tardes madrileñas de chocolates con churros y tés con galletas en Tetería Bomec.
Durante esa semana Yanet, Martina y Vanesa, compartieron largas y debatidas charlas con Ela.  Yanet compartiendo su aporte a la humanidad desde su experiencia hospitalaria como enfermera y las tres maestras contribuyendo a promover el bienestar general desde la enseñanza.

23 de noviembre.

Tras largas investigaciones y corroborados datos, las sospechas de Yanet se confirmaron.
Ela era su media hermana.
Un escalofrío le recorrió el cuerpo al darse cuenta de todo. ¿Le diría a Ela la verdad? O simplemente dejaría que el destino jugara su pérfido papel.
Era viernes, y todas debían marchar al día siguiente para continuar con sus vidas.
Ela dando conferencias, Martina y Vanesa realizando su labor diaria en sus provincias y Yanet… ¿Yanet?  Había decidido quedarse dos semanas más con Aroa. Cuánto quería a esa vieja cascarrabias que algún día había colaborado en el diseño de las torres de Kio.

24 de noviembre

-Última llamada para el vuelo AR 1132 con destino a Buenos Aires, por favor dirigirse a puerta de embarque seis-

Vanesa y Martina, una hora antes se habían fundido en un apretado y cariñoso abrazo junto a la pequeña genio agradeciéndole por tanta sabiduría y humildad.
Entre un sabor dulce y amargo una lágrima recorría  la mejilla derecha de Yanet.

¿Sabría Ela algún día la verdad?

Las turbinas se enfurecían y el aire parecía tragarse al gigante pájaro blanco y azul que en pocas horas surcaría los cielos del Sur.












No hay comentarios:

Publicar un comentario