Madrid, 10 de noviembre de 2012
Una tarde gris de noviembre, Aroa, una anciana arquitecta, cobijada
bajo su manta de color azul marino y con sus pelos revueltos y plateados de
tantos inviernos, escuchó el ding-dong de su timbre que la hace sobresaltar por
un instante y abandonar el sofá para ir a la puerta a ver quién era, cuando de repente se quedó perpleja por un segundo, ella a pesar de sus 93 años
es ágil y dinámica por lo que no es raro verla ir de prisa para un lado y para
el otro ya que no posee coche. Para su grata sorpresa al abrir la
puerta, y no sin antes observar por la mirilla, descubre que hay una brillante
y flamante dentadura que le sonríe, al darse cuenta del personaje en cuestión
se apresura a darle el más dulce y fuerte de los achuchones que se le puede dar
a una nieta que hace tiempo que no se ve.
Era Yanet, una de sus nueve nietas y probablemente, sin decirlo en
voz alta, la favorita y la más desenfadada.Su presencia en Madrid no era
fortuita, venía con un claro propósito y era el de saber la verdad acerca del
rumor que en la familia se venía oyendo hacía 4 años.